Los hijos del invierno damasceno

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Hace tiempo que no paseo por las calles de Damasco. Solía hacerlo en mis frecuentes desplazamientos a la capital siria. La primera vez que llegue a esa ciudad, todo era muy diferente. Corría el año 2010 y nada hacia presagiar lo que sucedería más tarde. La ciudad resplandecía con la afluencia de numerosos turistas, una economía en expansión y una situación política con sus altibajos pero relativamente estable. Las calles del centro bullían de día con una frenética actividad de todo tipo, siempre inundadas de gente y de asuntos urgentes. Y por la noche, Damasco ofrecía a los visitantes suculentos placeres, aptos para todos los gustos y bolsillos. Los restaurantes ofrecían una infinita colección de posibilidades para los estómagos con curiosidad y los fumadores de narguiles apuraban los carbones encendidos sobre su tabaco de olor delicioso sin dejar ni un solo momento de mirar alrededor en busca de la siguiente hazaña que narrar. Las mujeres paseaban tranquilas por los puestos del zoco del Hamidieh ocupadas en la búsqueda de esto o de aquello sin que nadie se fijara si algún trozo de tela cubría su cabeza. Los días y las noches transcurrían con facilidad, con la misma con la que un niño arrancaba los jazmines de las ramas, los ataba con un cordel y los vendía a los conductores para que estos los colgasen de sus retrovisores y disfrutasen del milenario olor de Damasco en sus vehículos y en sus vidas por un precio irrisorio.

damascus jasmine

Con el advenimiento de la primavera, comenzaron los problemas. Los tallos de las nuevas ramas, aun jóvenes e inexpertos, corrieron a tocar el sol, a alcanzar la luz y su calor pero el agua que nutría la savia que corría por sus venas estaba plagada de parásitos y la tierra donde se hundían sus raíces poca fertilidad podía ya ofrecer. Poco a poco, esas flores sanas y hermosas, comenzaron a pudrirse y a caerse, a abandonar su búsqueda de un tiempo mejor desgajando sus raíces de la tierra que los vio nacer. El agua del Éufrates comenzó a agotarse y los manantiales secos acabaron ahogando el ultimo jazmín de la ciudad. En lugar de esas flores, otras plantas y arbustos foráneos, despojados de cualquier tipo de belleza pero muy resistentes y con una capacidad de sobrevivir a las inclemencias realmente asombrosa ocuparon violentamente las casas y los campos de Siria.

Damasco, a pesar de todo, aun mantiene un cierto verdor en sus calles, un tímido reguero de agua discurre junto a la plaza de los Omeyas y la Opera. Es como si la ciudad estuviera esperando adormecida, anestesiada de tanto dolor y sufrimiento, la llegada de una nueva primavera. Los autobuses y los taxis siguen llenos de gente que corre de un lado para otro, como si aquello no fuera con ellos. Una explosión lejana altera momentáneamente esa procesión silenciosa y transcurridos unos instantes de incertidumbre, cuando la diosa fortuna parece haber sonreído nuevamente, se desencadena con renovado furor el trasiego de gente por sus calles. Los rostros miran al cielo, esperando un destello o, simplemente, la llegada de la noche y de sus estruendos. Las noches de Damasco son ahora el escenario de la desolación, una melancolía silenciosa que recuerda el brillo de antaño y se afana por olvidar el presente soñando con un futuro lejos de sus calles. Los fumadores, las mujeres y los vendedores de sueños han dejado paso al miedo, la incertidumbre, la soledad y el silencio que se adueña de la ciudad cuando cae el sol.

La primavera no ha vuelto ni a Siria ni a Damasco desde entonces. Un largo invierno se cernió hace ya años sobre la tierra de los Omeyas y desde entonces sus habitantes solo esperan la llegada del otoño con la vana esperanza de que el frío haya aniquilado las malas hierbas que han arraigado con fuerza en las llanuras y montañas. Sus habitantes, hartos de esperar, se han lanzado al mar con la esperanza de encontrar otra primavera, ciertamente una menos hermosa que la damascena pero una que al menos sus hijos, los hijos del invierno damasceno que tan solo han conocido el frío, puedan contemplar.

Mosque winter

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