Dos traiciones y dos primaveras

Los bombardeos por parte del ejército de los EEUU en Siria abrieron una nueva etapa en este conflicto que comenzó en 2011 pero cuyas raíces se hunden mucho antes en el tiempo. La región de Oriente Próximo ha sido históricamente un escenario convulso donde diferentes fuerzas endógenas y exógenas han actuado conforme a intereses propios y agendas perfectamente definidas. Sin necesidad de remontarnos mucho en el tiempo debemos observar 4 momentos cruciales por su significado y por su influencia en la situación actual: las 2 traiciones y las 2 primaveras.

El nacionalismo árabe y el deseo de unidad se desarrollan a la sombra del Imperio Otomano en el siglo XIX y ambos son la fuerza motriz de un movimiento que se despliega con toda su fuerza cuando el poder de la Sublime Puerta comienza a tambalearse y llega hasta nuestros días.

Las promesas de las cancillerías europeas hechas a los pueblos árabes eran irreconciliables con los interés geoestratégicos británicos y, sobre todo, franceses y provocaron la que los árabes consideran la primera gran traición occidental moderna: el incumplimiento de las promesas de independencia contenidas en la correspondencia entre el gobernador británico de Egipto MacMahon y el Sherif de la Meca, Hussein bin Ali, plasmadas en el Tratado Sykes-Pykot en el que Francia y Gran Bretaña, con la aquiescencia de la rusa zarista, se repartían los países árabes trazando fronteras artificiales y dotándose de poderes omnímodos de control sobre esas poblaciones posponiendo sine-die sus promesas de independencia.


La segunda gran traición, a ojos de los propios árabes, se produciría con la “Declaración Balfour”, carta que el ministro británico de Asuntos Exteriores británico, Arthur James Balfour, dirigió al Baron Walter Rotschild, banquero y político conservador británico, en la que Gran Bretaña apoyaba la creación de un hogar nacional para el pueblo judío en Palestina.

Tras el fracaso de la independencia y la unidad cuya obtención los árabes creían asegurada con la caída del Imperio Otomano, comienza el despertar del nacionalismo panarabista secular. Egipto toma el liderazgo de esta dinámica gracias a su temprana independencia formal del Imperio británico en 1922 pero pronto le seguirán otros. Iraq en 1932, Líbano en 1943, Jordania y Siria en 1946 y así el resto de los países árabes van logrando, uno a uno y con enormes dificultades, sus respectivas independencias. Al mismo tiempo, el nacionalismo panárabe llega a la conclusión de que la mayor amenaza para esa unidad es el sionismo y la creación del Estado de Israel en 1948. La primera guerra árabe-israelí en 1948 finaliza con una clara derrota de las fuerzas árabes y un éxodo forzado de los palestinos hacia las naciones vecinas que aun hoy no ha terminado. Al mismo tiempo, la situación de los judíos en los países árabes se deteriora irremediablemente y muchos son obligados a abandonar sus países, sus posesiones y forzados al exilio.

Las subsiguientes guerras entre árabes e israelíes, que se saldaron siempre con derrotas del bando árabe no hacen sino alimentar un sentimiento de frustración que ve como el sueño de la unidad se le escapa de las manos con cada una de las derrotas militares que le infringe un ejército israelí bien entrenado y con notables apoyos en las potencias occidentales. En este contexto de derrotas militares y desmoralización, comienza a perder fuerza el nacionalismo panárabe secular que certificará su renuncia a liderar el mundo árabe y la lucha por la unidad, tras la muerte del Presidente egipcio Gamal Abdel Nasser en 1970, con la negociación de los Acuerdos de Camp David y el Tratado de paz entre Egipto e Israel de 1979. Ese vacío tratará de aprovecharlo, a partir de entonces, el nacionalismo panarabe islamista cuyas dos corrientes principales tienen como origen Egipto y Arabia Saudí.

En 1928 Hassan Al Banna funda en Egipto la entidad social-religiosa más influyente del s. XX (y XXI) en Oriente Próximo: la Hermandad musulmana, una organización cuya ideología y métodos no son monolíticos sino pragmáticamente adaptables a las circunstancias del momento. Nuevamente, el ideal es la construcción de la unidad y el objetivo, una comunidad basada en el Corán. El panislamismo que predican no es sino una nueva forma de nacionalismo panárabe, esta vez de corte religioso.


La emergencia de la influencia económica saudí y de algunos países del golfo, cuya visión del Islam y del Corán esta fundamentalmente basada en interpretaciones rigoristas y extremas como el wahabismo o el salafismo, también influye en muchos movimientos políticos y religiosos emergentes de la región a los que la victoria de los talibanes en Afganistán contra la Unión Soviética acaba convenciendo de su fuerza.

Estas dos fuerzas mantendrán, casi desde sus inicios, una lucha soterrada por liderar el nacionalismo panárabe islamista manteniendo al mismo tiempo el objetivo común de despojar (a veces incluso por la fuerza) al nacionalismo panárabe secular de su papel principal en la búsqueda de la unidad árabe.

En ese contexto de “tablas”, aparece en escena una nueva fuerza inesperada y poderosa que rompe los anteriores equilibrios: los movimientos populares que reclaman democracias multipardistas, justicia social y libertades civiles conocidos como las primaveras árabes.

La 1ª primavera árabe –aunque haya pasado casi desapercibida para muchos- comienza en Damasco en el año 2000 en un corto periodo de intensa actividad política e intelectual cuyos hitos más relevantes fueron el “manifiesto de los 99” y posteriormente el “manifiesto de los 1000” cuya existencia fue tolerada por los iniciales deseos de apertura y modernización de un joven Bachar Al Assad -educado durante parte de su juventud en Occidente- que accede a la Presidencia de Siria sucediendo a su padre, Hafez Al Assad. A pesar de que a los pocos meses, las autoridades decidieron poner fin a este experimento y muchos de sus protagonistas acabarían pasando largas temporadas en prisión, la oposición en Siria aun produciría en el año 2005 –en un momento de debilidad del régimen debido a la presión internacional por su situación en Líbano- un nuevo manifiesto llamado la “Declaración de Damasco” a la que se unieron grupos de diferentes ideologías y que reclamaba una reforma política, el reconocimiento de los partidos políticos y los derechos de las minorías, especialmente los kurdos.

Unos años más tarde, el hartazgo de unas clases populares alimentado por la miseria, la corrupción y la falta de oportunidades cuyo símbolo fue Mohamed Bouaziz, llevó a cientos de miles de personas a las calles en un escenario imprevisto e imprevisible. Dio comienzo entonces la 2ª primavera árabe, de naturaleza más social que política o intelectual y cuyos epicentros son inicialmente Túnez y Egipto, baluartes del secularismo desde su independencia.


Siria, por fin, ha sido el último y sangriento tablero de este macabro juego. Los actores regionales –por un lado- percibieron cuan ambiciosos eran los objetivos de este movimiento revolucionario tras ver caer a dos Presidentes como Ben Ali y Mubarak y trataron de ejercer su influencia para orientarlo en su beneficio. El gobierno sirio –por el otro lado- siempre percibió la mano de actores islamistas, sus enemigos declarados desde la masacre de Hama en 1982, detrás de las protestas y se trazó el objetivo de aplastarlas a cualquier precio desde el primer momento. Y finalmente, aunque su importancia política ha quedado reducida hoy casi a la marginalidad y carecen de influencia alguna en el plano militar, esas otras fuerzas, principalmente seculares que siguen reclamando un cambio político basado en la democracia, la justicia social, las libertades civiles y los derechos humanos herederas de aquella 1ª primavera de Damasco.

Las tres fuerzas motrices del mundo árabe poseen objetivos diferentes, una intenta no desaparecer, la otra ejercer una mayor influencia y la última, reclamar su posición en el panorama político actual. El conflicto sirio es un ejemplo perfecto de la lucha de poder entre ellas.

El nacionalismo panárabe- secular o islamista- hace tiempo que dejó de entusiasmar a una juventud que gracias a internet y las redes sociales está mucho mejor informada y es más crítica. Una nueva generación de líderes ya se prepara para alcanzar el poder, lo que a buen seguro provocará un cambio drástico en el mundo árabe y convendría que nuestro país, cuyos lazos históricos, sociales y políticos con esta región no tienen parangón en el mundo occidental, supiera acompañarles en el largo pero inexorable cambio que se avecina.

@inthearabworld

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