Siria y la guerra civil española

Antes de salir de Egipto, llegó a mis manos un interesante artículo en el que se hablaba de una inédita comparación: la del conflicto de Siria con la guerra civil española. Tal comparación se basaba en el hecho de que el conflicto podía prolongarse hasta convertirse en una cruenta batalla entre hermanos de nefastas consecuencias, como todo indica que se ha producido. Recordé, entonces, uno de esos libros fundamentales para entender la historia reciente de la diplomacia española y la dimensión internacional del conflicto fratricida “Mi Embajada en Londres durante la guerra civil española”. Pablo de Azcarate, que sería Embajador de España en Londres desde 1936 hasta 1939, se hizo cargo de la Representación cuando gozaba de una privilegiada posición, nada menos que como Secretario General adjunto en la Sociedad de Naciones. Abandonó así una carrera segura y prometedora para convertirse en una pieza fundamental al servicio del gobierno de la República.

Sus análisis y comentarios de lo que pudo observar, leer y transmitir gozan de una actualidad pasmosa y si logramos salvar las obvias diferencias, podremos ver algunos paralelismos que nos harán reflexionar.

Primero. Dice Don Pablo de Azcarate que “el mundo oficial de Inglaterra estaba dominado por los elementos más reaccionarios del partido conservador que preferían el triunfo del franquismo al de una República. Salvo grupos muy selectos de viejos liberales, gladstonianos y jóvenes intelectuales, a los ingleses no les repugnaba la idea de que en España existiera un régimen autoritario y de fuerza. Y lo más lamentable es que a ese espíritu han contribuido escritores que han presentado a los españoles como seres díscolos, ingobernables, anárquicos e incapaces de asegurar el funcionamiento de un régimen político liberal y democrático”.

En los años 30 del siglo pasado, en determinados círculos se creía que una población como la española no merecía (dejémoslo en un “todavía” por ser benignos) un régimen democrático donde pudiéramos libremente decidir  de acuerdo a un sistema de elecciones libres y periódicas.

La CNN, tras los atentados de Bengasi que costaron la vida al Embajador de los EEUU en Libia, tituló a toda pantalla un especial con la siguiente frase (traduzco directamente): ¿Ha merecido la pena? La primavera árabe, así presentada, parece un proceso “otorgado” y no una lucha propiamente de los pueblos afectados. Pero, ¿Qué quiere decir “ha merecido la pena”?  Pues simplemente que ese proceso y su marchamo positivo está condicionado a que sirva a nuestros intereses (los occidentales) a corto plazo. O bien, que todo ha sido planeado, dirigido y ejecutado desde otros centros de poder que no son las calles.

No será demasiado complicado encontrar a alguien cercano que piense que los árabes son “díscolos, ingobernables, anárquicos e incapaces de asegurar el funcionamiento de un régimen político liberal y democrático”. No dista mucho esta opinión de aquella que sostiene que, en realidad, estos pueblos no pueden tomar las riendas de su destino y ha de ser una fuerza ajena y “experimentada” quien lo haga.
Segundo. “No me parece aventurado afirmar que en todas las guerras civiles se produce el fenómeno de la intervención extranjera”, dice Don Pablo al inicio de su introducción. Efectivamente, la intervención  extranjera puede revestir muchas y muy diferentes formas pero cuando se produce en un conflicto civil suele tener la característica de desvirtuar el verdadero problema e introducir elementos geopolíticos adicionales que complican aun más la solución.

En España la intervención extranjera se produjo en forma de armamento, material bélico y combatientes extranjeros. Lo mismo que en Siria. Una de las partes gozaba de una ayuda infinitamente más abundante ya que la famosa “no intervención” supuso que las potencias democráticas (sobre todo Francia y Reino Unido) se sujetaran a una idea inicialmente aceptable cual es la de que se trataba de un asunto puramente español y a los españoles correspondía decidirlo. Sin embargo, Alemania e Italia hicieron gala de la más exquisita hipocresía formando parte del Comité de Londres con el único objeto de torpedear sus trabajos. Sus intereses estaban por encima de ese burdo intento de solución del problema español. El resultado: una de las partes gozó de aprovisionamientos constantes y la otra no.

El régimen de Assad ha gozado de una cantidad ilimitada de suministros gracias a sus aliados rusos e iraníes, los grupos islamistas mas radicales tambien han mantenido un avituallamiento constante mientras que los rebeldes, herederos de la revolucion, ham carecido de cualquier ayuda que pueda ser calificada de sustantiva. La presencia de combatientes extranjeros también ha afectado al desarrollo del conflicto, por un lado junto al régimen de Assad las unidades de elite iraníes y los combatientes de Hizbollah y por otro, los muyahidín llegados de todos los confines del mundo árabe para combatir junto a los rebeldes sirios. La diferencia estriba en que, si bien para el régimen, este tipo de ayuda ha sido positiva y útil para los rebeldes han sido una autentica fuente de problemas granjeandoles la desconfianza cuando no la enemistad de los países occidentales que ven en ellos auténticos o potenciales terroristas. Así las cosas, lo que comenzó siendo un proceso puramente interno de demanda de democracia se ha transformado en un desafío entre potencias (incluso bloques) que amenaza la estabilidad de todo Oriente Próximo. A día de hoy, aquellos manifestantes con pancartas que pedían libertad y elecciones libres tan solo aparecen esporádicamente en algún servicio menor de noticias.

Por último, hay otro paralelismo que resulta mucho más preocupante.  La guerra civil española fue el preludio de la II Guerra Mundial. Se cometieron numerosos errores que acabaron conduciendo a un escenario de pesadilla y entre ellos destaca la política del apaciguamiento de Neville Chamberlain, pero también la actitud timorata de algunas otras democracias frente a una amenaza que no se supo calibrar. “Es imposible decir si fue o no posible destruir aquel germen pero el deber de todos era intentarlo y justo es reconocer que la República española puede presentar una ejecutoria limpia de toda mancha. Sus esfuerzos se estrellaron ante la ceguera de los que lo sacrificaron todo en el altar del apaciguamiento” escribía don Pablo.

Hoy, el mundo se encuentra de nuevo ante un momento crítico. Las revoluciones en el mundo árabe vuelven a traer a primer plano, pasado el entusiasmo inicial, la cuestión del choque de civilizaciones. La llegada de gobiernos islamistas a Egipto, Libia o Túnez provocó una estupefacción generalizada entre los europeos y los norteamericanos pues casi todos creíamos que a las dictaduras sucederían gobiernos (o incluso regímenes) como los nuestros. No solo hay partidarios y entusiastas del choque en aquel lado sino que en este también abundan.

La “primavera árabe” ha puesto de relieve la emergencia de una personalidad árabe distinta del estereotipo tradicional. A pesar de que ahora se oscurezca su recuerdo, los jóvenes en Tahrir gritaban a favor de la libertad y la democracia, de los derechos y las libertades pero las revoluciones suelen comerse a sus padres y esta no es una excepción.

La revolución francesa fue fagocitada por Robespierre y Bonaparte, la revolución de octubre se convirtió en una autentica dictadura no precisamente del proletariado, las independencias liberales americanas degeneraron en regímenes populistas y corruptos cuando no en atroces dictaduras. ¿Por qué el mundo árabe iba a ser más perfecto a la hora de escribir su futuro? Deberíamos enfocar este fenómeno con algo más de perspectiva, como un proceso que acaba de echar a andar y que es necesario apoyar pues sufrirá idas y venidas, recibirá amenazas y apoyos, experimentará avances y retrocesos.

Lo fundamental es tener claro el objetivo: la democracia, que no es otra cosa que el derecho del pueblo a decidir su futuro de manera libre y periódicamente. El grito de la revolución debe ser escuchado. No cometamos el error de volverles la espalda a aquellos que, a pesar de seguir un modelo propio y distinto, desean decidir sobre su futuro y vivir en paz con los demás. Este es el genuino deseo de la mayoría de los árabes y el alboroto de unos pocos no debe esconder a la gran, inmensa mayoría que pide cambios democráticos.

Los peligros de volverle la espalda a las democracias y a los demócratas quedaron claros en Europa tras la II Guerra Mundial. ¿Habríamos podido evitar la mayor catástrofe de la historia si no hubiéramos retrocedido ni un milímetro ante los atropellos de los totalitarismos nacionalsocialista y fascista? Ni siquiera el Embajador Azcarate puede responder a eso aunque afirma que nuestro deber era y es intentarlo. Hoy no podemos cometer el mismo error so pena de lamentar, de nuevo, no haber hecho lo suficiente para evitar el desastre.

Islamistas, liberales, extremistas, moderados, todos deberian tener cabida en una sociedad árabe democrática y el mayor reto de la diplomacia en este tiempo convulso consiste en saber identificar y apoyar a aquellos que creen en sus principios y fundamentos y pueden construir esa sociedad anhelada. A su estilo, con su modelo, de acuerdo a sus tradiciones pero sin desviarse ni un ápice del camino trazado por aquellos jóvenes que ya no están entre nosotros y gritaban “Pan, libertad y justicia social”. Y es que –en el fondo- no somos tan distintos.

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